UNA HERRAMIENTA PARA TRANSFORMAR A LOS PERPETRADORES

UNA HERRAMIENTA PARA TRANSFORMAR A LOS PERPETRADORES

UNA HERRAMIENTA PARA TRANSFORMAR A  LOS PERPETRADORES

El día después de la proyección con la Ministra de Sanidad, Servicios Sociales e Igualdad, hice frente a un grupo de 25 culpables de violencia sexual en una cárcel de Barcelona. Entre ellos había pedófilos, violadores, traficantes y suministradores de pornografía infantil. Estaba un poco nerviosa. Les dije que, después de trabajar 20 años con víctimas, esta era la primera vez que me enfrentaba a los que estaban al otro lado y, echando mano de las palabras de la Ministra de Sanidad, señalé que estaba allí para aprender. Creo que eso ayudó a que se abrieran un poco por dentro. Se pusieron en círculo y a muchos se les saltaron las lágrimas. También había terapeutas y personal de la cárcel en la sala. La primera pregunta vino de un recluso culto y bien vestido: “Chelo, soy el protagonista de algo muy parecido a lo que te pasó a ti. ¿Le perdonaste?” Esta pregunta es muy frecuente, pero es muy diferente cuando la hace un agresor.

Sands of Silence in Prison

Algunos me dieron las gracias por haber ido a presentar la película, a pesar de ser víctima yo misma. La película les dio remordimientos de conciencia sobre lo que habían hecho, y algunos no pudieron dormir esa noche. Un recluso de Ecuador describió su adolescencia en las calles de Guayaquil y el hecho de que tenía que pasar por encima de cadáveres asesinados de camino al colegio. Estuvo varias veces en la cárcel en Ecuador antes de venir a España, y más adelante sometió a su mujer a abusos espantosos. Algunos me preguntaron cómo les veía, si pensaba que eran monstruos. Les dije con total honestidad que les veía como seres humanos, que todos tenemos dentro una víctima y un verdugo. Entonces empezaron a hablar sin trabas. Un hombre mayor dijo, “Necesitamos romper el silencio, pero no solo en las familias de las víctimas, sino también en las de los agresores. ¿Cómo puede ser que mi familia nunca se diera cuenta de que tenía problemas en la adolescencia? No podía recurrir a ningún sitio ni a nadie. Por eso estoy aquí ahora”. Hablaron de conflictos y de experiencias, pero sobre todo dijeron que querían que se les escuchase. Cuando ya nos íbamos, el preso bien vestido se me acercó y me dijo, “Soy médico, y abusé de una de mis pacientes”. Se me puso la carne de gallina. “Y siempre estuve involucrado con organizaciones de derechos humanos, apoyando a muchas de ellas”, continuó. “No sé qué me ocurrió”. Me preguntó con suma urgencia, “Hablas de perdón y reparación. Crees que estar aquí, en esta cárcel, se puede considerar ‘reparación’?” Por supuesto que dije que no, que la cárcel era algo impuesto por la sociedad. Él debía asumir plena responsabilidad, afirmé, intentar compensar su crimen haciendo algo positivo, ayudar a alguien, escribir sobre ello, etc. Más tarde supe que el grupo con el que me reuní llevaba dos años siguiendo un programa de rehabilitación. Y el personal de la cárcel me dijo que han tenido resultados mucho mejores rehabilitando con terapia a perpetradores de violencia sexual que a cualquier otro tipo de agresores. Entonces me di cuenta de que si verdaderamente queremos curar el tejido social infectado de esta pandemia, quizá podríamos empezar por escuchar también a los perpetradores. En cuanto se fueron de la sala, rompí a llorar. La situación era abrumadora, pero sentí que había esperanza.

Sands of Silence Brians Prison
Chelo y Virginia Isaias con internos e internas en el Centro Penitenciario Brians, Barcelona, España.
Sands of Silence in Prisons
Chelo con internos en el debate sobre la película en la Cárcel de Logroño, España.

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